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 Los aerosoles vacíos, al contenedor amarillo

     

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A finales de la década de los 20 un ingeniero noruego registró la patente de diferentes mecanismos para envases muy similares a lo que hoy en día conocemos como aerosoles. El primer aerosol lo comercializó una marca de pintura, pero el éxito definitivo como envase fue su uso como insecticida en la segunda guerra mundial. Estos primeros aerosoles hechos a partir de cilindros metálicos se llamaron bombas insecticidas. Con posterioridad su uso se extendió en el mercado americano. Para fabricar este nuevo envase se modificaron las latas de cerveza, añadiéndoles una válvula de plástico.

 
En los años 50 y 60 su consumo se generalizó para todo tipo de productos, creciendo la producción de forma espectacular en los años 70 y 80, momento en el que se tuvieron que adoptar medidas para evitar los CFCs, gases destructores de la capa de ozono, sustituyéndolos por otros con menor impacto ambiental.
 

 

En la actualidad, Europa produce el 44% del total de los aerosoles del mundo, siendo líder de producción desde 1982.
 

 

Los envases de los aerosoles están compuestos de hojalata en un 75%, un 24% de aluminio y menos del 1% de vidrio o plástico. Los componentes metálicos ya tienen en su composición un porcentaje elevado de materiales reciclados, y son todos ellos reciclables. Una vez usados y completamente vacíos podemos depositarlos en los contenedores amarillos del reciclaje al igual que el resto de envases metálicos. Solamente los aerosoles llenos o no utilizados totalmente deben ser depositados en los puntos limpios o de recogida especial, debido a su clasificación como altamente inflamables.

 


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